viernes, 21 de junio de 2013

Pick & roll. Pequeño paréntesis. Sólo por hoy este blog habla un ratito de básquet. Sabrán comprender.

 

Por Maximiliano Diomedi

Veo basquet desde muy chico. O para decirlo de una manera más correcta y menos literal:
respiro basquet desde que nací porque ahí donde yo nací el basquet se respira en cada barrio y cada 5 cuadras hay un club,
sin contar los tableros con aros que cuelgan de los árboles o de los postes de luz. El basquet es parte de la atmósfera de la ciudad.

Ahí donde yo nací y donde ya no vivo el basquet es más importante que el fútbol, mucho más. Desde siempre escuché, y llegué a tomar como propia, una máxima que dice que el basquet suele es más lógico que el fútbol, lo que significa que la mayoría de las veces termina ganando el que es mejor, el que tiene los mejores jugadores. No como el fútbol, donde Talleres de Córdoba, recién ascendido a la B Nacional, le puede ganar a Newells reciencito campeón del fútbol argentino.

Decir, entonces, que el basquet es más lógico nos lleva a pensar que es más predecible.
Puede ser, pero nunca estuve del todo seguro (o preferí no estarlo). Sólo sé que es el deporte que más me gusta del mundo, el más lindo de mirar, aquel donde, a menos que un equipo, muy tempranamente, le saque 20 o 30 puntos de diferencia a su oponente, siempre puede pasar algo porque además se juega a ganar.

En el básquet un partido arreglado como Racing- Quilmes es más dificil de disimular porque siempre hay que ir hacia adelante, no te podés meter dobles en contra, siempre hay que tirar al aro, siempre tratar de encestar, anotar de 2 o de 3. Eso hace muy dificil que un equipo juegue especulando con regalar los puntos.
Se nota.

De la ciudad donde nací salieron tipos que para mí siempre fueron extraterrestres.
Juan Alberto Espil es uno. El otro es Hernán Montenegro. El Loco fue uno de los deportistas más talentosos que vi en una cancha, un tipo que mide 2.11 metros y posee (o poseía) una habilidad y una inteligencia para el juego que eran impresionantes. Por habilidad quiero decir dominio de su cuerpo. No era un boludazo de 2 metros intentando llevar la pelota a los tropezones. Por inteligencia, bueno, estaba adelantado a cualquiera con el que compartiera la cancha. Pero ninguna de esas dos cosas hubiese resaltado si no fuera por su incansable tendencia a salirse del libreto. Como era el mejor hacía lo quería. Tanto dentro como fuera de la cancha.

Recuerdo perfectamente estar cualquier verano en Monte Hermoso escuchando por radio los partidos de Estudiantes (que juagaba en BB) y dibujar en mi cabeza las jugadas que hacía Montenegro y que Colefi, tan magistralmente, ponía en palabras.
 
Recuerdo, dos horas después de terminado el partido, salir yo a dar una vuelta por el centro y ver al Loco (o el Superpibe, como le decía Colefi allá por 1992) sentado en una mesa con su esposa y amigos, en la peatonal de MH, fumandose un pucho y con un vaso de whisky en la mano. Ya habia recorrido los 100 km que separan a BB de MH y estaba lo más pancho disfrutando a la vista de todo el mundo.Un fuera de serie.

Iba con esto a que Montenegro fue lo máximo que le pasó al basquet argentino antes de la Generación Dorada y especialmente antes de Emanuel Ginóbilli, otro tan proclive a salirse del molde.

Porque los basquetbolistas, en general, o mejor dicho: los deportistas de elite como ellos suelen ser estructurados, tanto dentro como fuera de la cancha. Montenegro era todo lo contrario, era como Housemann, con todo lo que eso significa.... pero mejor. Y Ginóbili conjuga en su manera de jugar el basquet
lo mejor del profesionalismo y lo mejor del amateurismo (lo suyo es un gran amor por el basquet). Es un super profesional que llegó a jugar en la liga donde juegan ya no sólo los mejores jugadores del mundo (lo cual en cierto modo es discutible) sino los mejores atletas del mundo, los más dotados físicamente, los más espectaculares. Para jugar basquet NBA debes ser un súper atleta. Y Ginóbili lo es.

Su historia -archiconocida- cuenta que fue un jugador bueno pero del montón hasta los 15 o 16 años; que quedó fuera de la Selección de BB (una gran frustración); que le faltaba altura y era flacucho. Hasta que de un año para otro pegó un estirón que nadie esperaba. Hace poco Pepe Sanchez dijo que Emanuel, cuando era adolescente,  
a lo sumo estaba entre los 20 mejores jugadoresde Bahía pero ni en pedo entre los 5 mejores, que cualquiera que diga ahora que pintaba para gran cosa (ésto que es ahora), miente.

Algo sucedió.
Su deseo de ser jugador profesional lo convirtió, a pasos agigantados, en un gran atleta, además de ser la cabeza más fuerte que ha dado el basquet argentino (no quiero decir el deporte argentino para no sonar exagerado). Fui siguiendo sus pasos hasta entrar a la NBA que -como decía- es lo más top del mundo además de ser también un show insoportable con soldados yanquis recién llegados de vaya uno a saber qué guerra para ser condecorados por los propios jugadores, y niñas de 7 u 8 años que cantan el himno de EEUU antes cada partido.

La cuestion es que hace una hora terminó el sétimo partido de las finales de la NBA donde San Antonio Spurs, el equipo donde juega Emanuel Ginóbili,
perdió por 5 o 6 puntos contra Miami Heat, equipo con sede en...Miami.

Todos sabíamos que Miami era mejor, un equipo plagado de estrellas, con el mejor jugador del mundo (Lebron James, que metió 37 puntos) y -sobre todo- con jugadores más jóvenes que los viejitos de SA, cuyas figuras son el francés Tony Parker, el argentino Emanuel y el nacido en Islas VírgenesTim Duncan (que tienen 31, 35 y 37 años respectivamente).

¿Qué era lo que hacía que yo mirara el partido pensando en que lo previsible podía quebrarse una vez más? Ginóbili. ¿Por que soy argentino? No.
Primero porque en el 6to partido estuvo a 5 segundos de coronarse campeón. Y segundo porque en un juego como el basquet, donde el técnico puede tener en una carpeta 50 jugadas distintas para aplicar de acuerdo a las circunstancias del partido, Ginóbili, que es de acatar ese tipo de decisiones, por personalidad y características puede también salirse de lo planeado y: o bien hechar todo a perder, o bien llevarnos al cielo.
 
Por eso me gusta verlo jugar. Porque es indescifrable. Así lo demostró cuando llegó a San Antonio. Por supuesto que no gana solo y menos en ésta post temporada en que anduvo algo flojo. Pero no importa. Su espíritu sigue elevado, su personalidad sigue llevandome a pensar que en momentos calientes del partido es mejor darle la bola a él que a cualquier novato con buena prensa porque puede hacer de lo previsible algo impensado.
 
Ginóbili tiene verguenza deportiva. En estas finales lo demostró. Sus cuatro primeros partidos fueron flojos. Sabiondo de sus limitaciones actuales, está cumpliendo un nuevo rol en el equipo. Juega de otra cosa. No es el 2do o 3er jugador por el que se opta a la hora de definir las jugadas pero sigue teniendo un rol protagónico desde lo espiritual.  Arma las jugadas. No anda derecho con el aro. No anduvo, mejor dicho. Hasta que anduvo. Porque de repente, cuando era objeto de burlas y críticas, en el 5to juego metió 24 puntos, apareció confiado con el aro y volvió a ser el Ginóbili que todos esperabamos; el jugador más competitivo que Greg Popovich (el técnico poco agraciado de San Antonio) vió en toda su vida.
 
Popovich, el hombre que lleva 17 temporadas como técnico de los Spurs, dice que ese pibe, Manu, que nació cerca de mi casa, es el jugador más competitivo que conoció en su vida. No me voy a gastar en detallar quienes son los jugadores que vió Pop a  lo largo de toda su carrera. Imaginenlo ustedes.
 
La clave es que Manu tiene todavía fuego sagrado. Por eso ganó 3 anillos de NBA de los 4 que tiene el equipo en toda su historia, cosa que jugadores con más nombre y más luces a su alrededor no lograron ni lograrán. No creo que nadie que esté leyendo esto tenga dimensión de lo que eso significa. Ni yo la tengo, creo.
 
Esa mentalidad ganadora es porque no se parece a ningún otro jugador. Ni en Sudamerica ni en el mundo. Es medio despatarrado y muchas veces cuando penetra lo hace de una manera tan destartalada que nos hace mirar para el costadito como diciendo: Ay Dios! Pero las veces que penetra, llega abajo del aro (muchas, muchísimas), mete la pelota adentro, lo faulean y va la linea a ganarse ese punto de más que premia su incursión por la dimensión desconocida de los que miden más de 2 metros, no puedo hacer nada para deshinchar el pecho.
 
Manu está todo el tiempo caminando por esa cornisa, debatiéndose entre caer del lado de la gloria o del ridículo. Pero como es un juego, millonario, es cierto, como millonario se volvió Manu jugando, no le importa hacer el ridículo y prueba una y otra vez hasta dónde se puede llegar jugando. Esa manera de pensar el deporte lo convirtió en el alma del equipo, en el jugador más talentoso e importante que haya dado la historia del basquet de Sudamérica. Un idealista deportivo que además tiene estampa de anti héroe. Un genio. Un fuera de serie. Un alma sensible que en éste mismo momento en que yo escribo ésto debe estar sin poder dormir, con los ojos como un dos de oro, porque su equipo acaba de perder el séptimo partido de la final, una final a la que pocos hubiesen apostado que podía llegar.
 
Por eso es tan grande. Y por eso escribo. Porque me dura la bronca de que Manu no haya podido lograr su cuarto anillo. A mí, que me gusta tanto el basquet y que a pesar de entender que la lógica era que gane Miami, como Manu, yo, hasta último momento estuve esperando la excepción. Porque estaba Manu. Esta vez no llegó. Gracias igual Manu.
 

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