domingo, 10 de mayo de 2015

Presentación de Laurie Anderson - Arte y desprecio. O cómo "nunca íbamos a volver atrás"

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El viernes, en el marco de la Bienal de Performance, fuimos a ver a Laurie Anderson al Teatro Ópera.

Fue una experiencia atípica. Su espectáculo se llama El futuro de la lengua y es un recorrido por distintos relatos que Laurie va hilando, uno detrás de otro, sostenida en la creación de climas a partir de su manipulación del teclado y en menor proporción del violín. 

La puesta en escena es hermosa, casi no hay canciones y toda la atención de uno como espectador está puesta sobre su cuerpo y - sobre todo- sobre su voz. Los relatos son en inglés y sin traducción, o sea que si no sabés inglés entregate. Apenas si llegué a entender un 30 por ciento. Promediando la obra me debatí entre tratar de concentrarme al máximo (cosa imposible) o dejarme llevar por el sonido. Consciente de que estaba perdiendo la batalla, me relajé e inexplicablemente empecé a entender algunos de los relatos; cuando se hacía incomprensible, sentí cómo el sonido penetraba y cómo su voz procesada me sacudía.

De esa experiencia salimos distintos y reflexionando sobre la lengua y el vaciamiento de las palabras, en lo que sucede cuando una palabra se vuelve puro sonido. Volvimos contentos.

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Algo muy similar a esto que escribí arriba dije ayer en la radio. Enorme fue la sorpresa cuando por la noche, de madrugada, mirando fotos del espectáculo de Laurie, notamos que en la pantalla blanca que había detrás de ella aparecían subtítulos en castellano. ¿Subtítulos? Sí. La misma experiencia que yo describí al aire (brindando a los radioescuchas una falsa aproximación al espectáculo real) y que muchos de los que fuimos al Ópera sentimos haber vivido, en realidad había sido tronchada. Cada relato de Laurie Anderson, cada palabra, tenía su traducción simultánea, sólo que desde nuestra ubicación (modesto superpullman, la más barata) no se veía porque el techo cortaba la franja superior de la pantalla. Es decir: vimos otro espectáculo. Nos rompimos la cabeza pensando porqué Laurie había decidido  someternos a entender lo que pudiéramos, qué intención la llevaba a sumergirnos en una obra tan distinta a su propia obra, puesto que si uno prescinde del significado de las palabras la vuelve otra obra. Incluso fuimos más allá y la celebramos como una decisión arriesgada, cuando en realidad nadie estaba pensando en nosotros, los que estábamos arriba del todo.

¿Tanto desprecio tienen por el público los productores de Laurie Anderson y de la Bienal  que nadie (NADIE) se le pasó por la cabeza subir hasta el último peldaño del teatro y ver si se leían los subtítulos? Quizás lo sabían y no dijieron nada. Como sea, el mensaje subliminal es un baño de realidad. Uno: si no tenés plata para pagar una buena ubicación, mejor que no pagues la más barata porque lo vas a apreciar es incompleto, bien distinto. Dos: el arte siempre se las ingenia para traspasar todo tipo de fronteras, también idiomáticas. 

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