miércoles, 12 de mayo de 2010

Editorial leído al aire el 8-05-10

Hace unas semanas estuve participando de un taller que lleva adelante el escritor amigo Juan Diego Incardona. Estamos en un momento en el que desde los medios de comunicación se insiste con el miedo. Todos tienen miedo, ahora también los periodistas. A tal punto llegó la situación que Eduardo Aliverti en la entrega de los Martín Fierro se vió obligado a decir que paren un poco, que tengan más respeto por las palabras, que acá se chuparon a mucha gente como para que estos tipos anden alegremente diciendo que tienen miedo, cuando está a la vista que dicen y hacen lo que se les da la gana sin que nadie les diga nada, ni le coarten ninguna libertad.

Desde hace mucho el tema es la inseguridad, esto de que salís y te pegan un tiro. Se crea un clima de paranoia que muchas veces contrasta con lo que se percibe en la calle. Ahora el miedo golpea la puerta de las casa de los periodistas. Escriben un libro de investigación o cualquier otroa y ya están a la defensiva pensando en cuándo llega la represalia (y con eso el marketing y con eso la mayor cantidad de ventas). Más allá de los hechos en la feria del libro o de los carteles a los que llaman escraches en las marchas por la ley de medios –que no negamos-, ese miedo que pregonan no deja de ser un miedo de clase.

Juan Diego me ayudó a hacer el ejercicio de rastrear la inseguridad en la literatura argentina. Quizá el primer caso de representación de esa inseguridad haya sido El matadero de Estaban Echeverría, cuento que además es fundacional de la narrativa argentina. Estamos hablando del siglo XIX. La historia es más o menos así: Un unitario cajetilla va con su caballo camino a Barracas y pasa cerca de este matadero, ingresa en territorio ajeno, las afueras de la ciudad, en los suburbios, donde carniceros y achuradores están trabajando entre reses tendidas en el barro, sangre que sale de los degüellos y gente que se amontona para llevarse un pedazo de esos animales. Ellos eran la prole, los que respondían al restaurador, los federales. En términos de Sarmiento allí está la barbarie. El unitario entonces entre en zona ajena, en el espacio del otro y ni bien es visto se le van al humo, lo tiran del caballo y empieza a ser delirado. “Mueran los salvajes unitarios” gritaban. Le quieren hacer la refalosa, lo quieren violar. Este joven unitario se encoleriza y no es violado porque antes de ser penetrado revienta de rabia. Explota de bronca.

David Viñas dijo alguna vez que la literatura argentina se funda en una violación, no es exactamente cierto porque no hubo penetración, pero algo de eso hay.

Ahí está la manera en que Echeverría representa al otro, al diferente. Y es justamente el hombre letrado, el hombre culto el que representa a los que no tienen voz. O sea: el tipo que les da voz a los otros es el culto. Vaya paradoja. Nunca el otro habla por sí mismo. El otro es hablado por Echeverría en este caso. (Piénsenlo en relación con la actualidad ¿Quiénes son los que hablan por nosotros?)

La de Echeverría es paranoia de clase y como dice Ricardo Piglia se va a reescribir esta misma historia infinidad de veces a lo largo de la historia de la literatura argentina. Es la reactualización constante de la lucha entre civilización y barbarie. Echeverría, un tiempo antes, había escrito La Cautiva. Otra vez la paranoia a flor de piel. El otro en este caso es la horda de “indios” que vienen a llevarse a sus mujeres que están en las campañas acompañando a sus maridos. El otro siempre es un salvaje.

Hay algunos otros ejemplos: Pensemos en Facundo de Sarmiento, en Casa Tomada de Cortazar, en El niño proletario de Lamborghini, en La lengua del Malón de Guillermo Sacomano. Menciono sólo algunos. Y si salimos de los libros y lo llevamos a la televisión… Okupas, la serie de Bruno Stagnaro. Buenos Aires del 2000. Hay un capítulo –el 4- que se llama "El beso de Judas" donde Ricardo –el personaje protagonizado por Rodrigo de la Serna- hace un viaje iniciático hacia el Gran Buenos Aires. Nuevamente el Gran Buenos es un territorio desconocido en el que el chico blanco de clase media alta incursiona para buscar merca. Como sucede en El Matadero a “Ricardito” intentan violarlo y le dicen “mascapito”. Podemos pensarlo como otra reescritura del Matadero. Nuevamente el paisaje donde anida la barbarie es más allá de la General Paz. Siempre la geografía organiza las relaciones en centro y periferia. El centro es la capital, la periferia el conurbano.

Salgo de la ficción. El otro es el tipo al que Macri le quiere prohibir que venga del Gran Buenos Aires a atenderse en “nuestros” hospitales, al que le manda la UCEP para que no contamine el espacio público, el piquetero que corta el puente o el trapito amenazante que acecha en cada esquina. Para los periodistas el otro es el que camina por la calle y les puede pegar un bife, el irracional, los que vamos a las marchas, los crispados.

¿Qué es lo que sucede? Esa persona que antes no tenía voz empieza a tenerla, puede poner un cartel y tener visibilidad, ya no está oculto. Ya no son ellos la voz de los que no la tienen, se deschavaron y quedó en evidencia que ellos son voces interesadas. Cuanto más espacio y credibilidad pierden, más restringido se ve su campo de acción. La verdadera amenaza no es contra la libertad expresión, la verdadera amenaza es que dejan de sentirse impunes. Es la queja de unos pocos. Esos que nos escribían el relato ahora se dan cuenta de que no es tan fácil que nos traguemos sus buzones. Los pregoneros del miedo son nuevamente los que sienten que su posición está en peligro, ni más ni menos que lo que viene sucediendo desde hace 200 años en Argentina; saltan como leche hervida. Y será una buena tarea seguir rastreando de qué manera esos conflictos de clase inherentes a nuestra sociedad se siguen actualizando.

¿Cuál es la solución para estos tipos que tienen una posición dominante? Siempre es reprimir, instaurar orden, eliminar al diferente, bajar los humos. Yendo al extremo, lo que escribió Lamborghini en El niño proletario: Que tres pibes de clase alta terminen violando salvajemente a un villero, a uno inferior a ellos, porque se lo merece, porque hay que hacerle tragar la mugre misma con la que se alimentó. Y cuando le rompen el culo ellos gozan. Porque es así: hay un rechazo pero hay un goce, hay una atracción por más que lo quieran eliminar de la faz de la tierra (hay un goce en ese eliminarlo de la faz de la tierra).

Es una metáfora, aunque nuestra historia está llena de ejemplos de que no es sólo literatura esto que decimos. Algunos pregoneros del miedo de hoy andan por allí especulando nuevamente con muertos, pero la mayoría todavía no se ha animado a decirlo tan abiertamente, lo tienen reprimido. Pensándolo bien, Macri encarna esa fantasía cuando utiliza descaradamente a gruposde tareas para desalojar, apalear y torturar a personas que viven en la calle. La metáfora de Lamborghini sirve para pensar, y es paradójico. Siempre fueron ellos los que hablaron por nosotros, ellos nos daban voz (y en buena medida intentan seguir haciéndolo). Lamborghini hizo la operación inversa, él se puso en la piel del supuestamente civilizado e hizo realidad esa fantasía de vejar y de violar justo a ese que es el último orejón del tarro de la sociedad.

La literatura ayudando a pensar.

1 comentario:

juaN dijo...

Amigos:

es interesante pensar en lo que implica la música como umbral al Entusiasmo, así, con mayúsculas.
Anoche fui a ver a Florencia Ruiz, en medio de los festejos del Bicentenario.
En un escenario sin amplificación, nada mediaba entre nosotros y Flor, con su cellista al lado.
La idea de lo no mediado es una noción hermosa para pensar la función del pensamiento en la historia. La acción armada de la reflexión, siempre responsable, puede hacer mella en la ciudad, en la vida pública, si pensamos con otros, al lado, sin más que la vocación de una vida liberada de todo peso acartonado del peso de lo tormentoso.
Florencia, entonces, gran artista del Bicentenario; pensando, más que nada en qué es lo que termina por reaparecer, subterráneo, como acontecimiento.

Soy Juan. Un abrazo