miércoles, 30 de diciembre de 2009

Andrés Calamaro en el Luna Park

Por José Cardelli

Andrés Calamaro aparece en escena junto a la mejor banda que se le recuerde. Quizá sin el charme de otros tiempos (recuérdese la maravillosa banda de la Gira Honestidad Brutal con Ciro Fogliatta en teclados) pero contundente, afinada, versátil y con la dosis de humor, guiños melómanos y solos de guitarra para el agrado del honorable público.
Calamaro no es el mismo de antes. Al menos aquel que conocimos en los tiempos de alta rotación pop y menos aún el del regreso con la Bersuit. Es evidente que hoy más que nunca ha decidido abandonar el piano y se ha propuesto desarrollar un ¿tardío? atesoramiento del puesto de performer magnético y aguerrido. Saltos, gritos, alto voltaje verbal. Creo que fue la noche en que Andrés se recibió con honores en el rol de frontman. No es poco para un hombre que hizo - en las tres cuartas partes de su vida musical- un camino regido por otras virtudes como la composición pop, la melodía perfecta y el sello de la voz de niño con dulce resaca.
No es novedad que en Calamaro conviven los diversos géneros y la historia misma de la música popular argentina. Calamaro fue un niño prodigio del rock y hoy es un maduro pragmático. Para las nuevas generaciones: Carnaval de Brasil; para los viejos soldados: La mirada del adios; para recordar a tanguito y Nebbia: Por mirarte. Los comentarios previos a cada tema lo mostraron ácido por momento e incómodo en otros, al punto de decir que él no era bueno para contar chistes. Es que hay demasiado background en Calamaro, su asociación libre, su diana-divagación se produce en una mente que nació en los 60 y que hoy se comunica principalmente con jóvenes de los 90 en adelante. Pero siempre, detrás de la pavada o del guiño culto, hay algo en Calamaro que atrae y sedimenta. Es que en la coctelera mental hay tango, Dylan, Waits, Reed, rumba, Moris, Loquillo, Nebbia, poesía tumbera, Sabina, Madrid y Buenos Aires. Demasiados ingredientes para formar un acto simple. Hasta allí un recital lindo, atractivo, una recompensa más que digna para la platea.
El regalo vendría con Aznar primero y con Lebón más tarde, quizás una manera elegante de reconocer en ellos su eterno amor por las composiciones de Serú Girán y García. Yo lo sentí como un gesto tácito, como un volver a la segunda base del rock, puesto que Calamaro en su guerra con García hizo hincapié en borrar de su discurso cualquier reminiscencia a SayNo More y buscó su identidad en los padres fundadores, léase Moris, Abuelo, Nebbia, Spinetta y de allí un vuelo sin escalas hacia Moura y Prodan. La versión de Seminare nos dejó mudos y emocionados a varios. Los contínuos gestos de devoción hacia Lebón y el resto de los músicos invitados (Vicentico & Dárgelos) le dieron al set una cálida sensación de juntada de amigos y compañeros de ruta.
Salí del estadio con una sensación extraña, reconozco que prefiero al Calamaro piano-man, el Calamaro poeta fértil de la melancolía. Pienso dos segundos y sé que es un acto de egoismo o de nostalgia. nada es mejor que ver feliz a una persona que nos dio mucho.

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